Abriendo las puertas
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Unas palabras del reverendo Rob:
Una niña de Locust Ridge, Tennessee —un lugar enclavado en las estribaciones de las Montañas Humeantes (Smoky Mountains)— creció en una cabaña de una sola habitación junto a sus once hermanos. Apenas tenían dinero, pero poseían música, fe, familia y una gran abundancia de amor. Ese amor corría por sus venas y se convirtió en el cimiento de todo lo que vino después.
Desde las montañas del este de Tennessee, aquella niña llegó a Nashville portando una voz que el mundo pronto reconocería. Vimos a Dolly Parton pasar de la música country al cine, y del escenario del Grand Ole Opry a escenarios de todo el planeta. Sin embargo, la verdadera dimensión de su vida no residía simplemente en lo que veíamos bajo los focos, sino en lo que hacía cuando la atención se dirigía hacia otras personas.

Como ministro progresista y chico nacido en el Sur, veo (y escucho) en la vida de Dolly un testimonio vivo de una verdad fundamental: el amor no es algo que simplemente sentimos; es algo que ponemos en práctica. Jesús nos enseñó a cuidar de «los más pequeños», y Dolly, quien se declara cristiana, ha hecho visible esa enseñanza a través de su generosidad. Gracias a su Imagination Library, ha puesto cientos de millones de libros en manos de niños y niñas. Cuando los incendios forestales devastaron su querido condado de Sevier, ayudó a las familias a reconstruir sus vidas. Cuando el mundo se enfrentó a una pandemia, donó un millón de dólares al Centro Médico de la Universidad de Vanderbilt para apoyar la investigación sobre la COVID-19, incluidos los trabajos relacionados con la vacuna de Moderna.
Y agradezco especialmente la forma en que Dolly ha hecho sitio en su mesa a personas a quienes otros —invocando el nombre de Jesús— han rechazado con demasiada frecuencia. Ha hablado con calidez y respeto sobre las personas LGBTQ+, ha defendido nuestra dignidad y se ha negado a permitir que la condena religiosa tenga la última palabra. En un mundo donde a las personas queer todavía se nos dice que nuestras vidas son pecaminosas, que nuestras familias valen menos o que nuestra pertenencia está condicionada, la acogida de Dolly se convierte en algo más que simple amabilidad. Se transforma en una profecía silenciosa: el amor de Dios es más amplio que las barreras que la gente construye en Su nombre.
Dolly nos recuerda que la fe no tiene por qué utilizarse como un arma. Puede convertirse en refugio. Puede convertirse en pan y en una canción que nos ayude a encontrar el camino de regreso a casa. Dolly cantó, habló, caminó, vivió y amó en la verdad.
Ella me recuerda que seguir la fe no consiste en custodiar las puertas de la pertenencia. Se trata de abrirlas de par en par, de poner un lugar más en la mesa y de confiar en que el amor —un amor santo, generoso y valiente— siempre tendrá la última palabra.
Rev. Robert Blair Jr.



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