El Valor de Maravillarnos
- Jun 28
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Un sermón inspirado en Valarie Kaur y su libro No Veas a Ningún Extraño: Memorias y Manifiesto del Amor Revolucionario
Hay algo que está sucediendo con nosotros en este momento de la historia, pero rara vez nos detenemos el tiempo suficiente para darnos cuenta. Tiene que ver con la manera en que recibimos la información, la forma en que procesamos el mundo y, en última instancia, la manera en que nos vemos los unos a los otros.
Las noticias, en su mejor expresión, existen para informar. El periodismo, cuando se ejerce con integridad y valentía, es uno de los pilares de una democracia sana. Una sociedad libre depende de personas dispuestas a investigar la verdad, verificar los hechos y contar historias que ayuden a la ciudadanía a comprender el complejo mundo que compartimos.
Como alguien que enseña periodismo, creo esto profundamente. Con frecuencia les recuerdo a mis estudiantes que el periodismo no consiste solamente en escribir; es una responsabilidad pública. Las democracias no pueden sobrevivir sin personas que estén dispuestas a hacer preguntas difíciles, examinar cuidadosamente la evidencia y decir la verdad, aun cuando el poder preferiría el silencio.
Pero ocurre algo complejo cuando el ciclo de noticias nunca se detiene; cuando la información ya no llega una vez al día, en el periódico de la mañana, sino de manera constante e incesante, a través de pantallas luminosas que nunca descansan.
El sistema nervioso humano nunca fue diseñado para absorber tragedias las veinticuatro horas del día.
Guerra.
Violencia.
Indignación política.
Miedo.
Catástrofes.
Una historia sigue a otra. Una imagen reemplaza a la anterior. Una crisis da paso a la siguiente.
Y con el paso del tiempo, algo sutil comienza a cambiar dentro de nosotros. No porque seamos personas crueles o indiferentes, sino porque el ritmo de la vida moderna va entrenando nuestra atención de una manera muy particular. Pasamos rápidamente de un titular al siguiente, de una noticia de última hora a los comentarios, de una indignación pública a la próxima emergencia que parece estar siempre a la vuelta de la esquina.
Los rostros aparecen por un instante en nuestras pantallas. Los nombres desfilan en los encabezados. Los seres humanos se convierten en estadísticas. Las comunidades se reducen a simples temas de debate.
Y poco a poco, casi sin darnos cuenta, las personas que habitan esas historias comienzan a desaparecer.
Se convierten en categorías.
En bandos.
En enemigos.
Es precisamente a un mundo como este al que Valarie Kaur dirige sus palabras cuando escribe sobre la práctica espiritual del asombro en su libro No Veas a Ningún Extraño: Memorias y Manifiesto del Amor Revolucionario.
Kaur afirma que dejar de ver extraños comienza con la capacidad de maravillarnos. Maravillarse, dice ella, es mirar el rostro de otra persona y decir:
«Tú eres una parte de mí que todavía no conozco.»
A primera vista, esa frase parece sencilla, pero encierra toda una visión espiritual.
Kaur cuenta que, cuando era niña, experimentaba el mundo desde un profundo sentido de conexión. Escribe:
"La tierra bajo mis pies, las estrellas sobre mí y los animales a mi alrededor eran parte de mí. Y el asombro fue mi primera manera de relacionarme con todos ellos. Era aquello que me unía a todo."
Me encanta esa imagen porque, de alguna manera, nos resulta profundamente familiar. Antes de que el mundo nos enseñe a quién debemos temer, antes de que la cultura nos diga quién pertenece y quién no, muchos niños recorren la vida con un sentido natural de asombro y de conexión.
La tierra parece estar viva.
Los animales se sienten como compañeros.
Las demás personas despiertan curiosidad, no amenaza.
Y, con el paso del tiempo, heredamos historias.
Etiquetas.
Estereotipos.
Absorbemos ideas preconcebidas sobre la raza, la religión, la nacionalidad, la política, el género y la clase social. Aprendemos quiénes son "nosotros" y quiénes son "ellos". Respiramos esas historias a través de los medios de comunicación, las películas, las instituciones e incluso de la propia historia, muchas veces sin siquiera darnos cuenta.
Kaur hace una observación impactante. Dice que estos estereotipos llegan a estar tan profundamente arraigados en la cultura que incluso las personas pertenecientes a comunidades históricamente marginadas comienzan a interiorizar el miedo y la desconfianza hacia quienes se parecen a ellas. En un estudio de neuroimagen que ella cita, muchas personas negras, personas LGBTQ+ y mujeres mostraron respuestas inconscientes de miedo al observar imágenes de personas pertenecientes a sus propios grupos.
Después escribe una frase que estremece:
«Vivimos en una cultura que nos vuelve extraños para nosotros mismos.»
Esa frase me detuvo la primera vez que la leí.
Porque sugiere que lo opuesto al asombro no es solamente el odio.
Lo opuesto al asombro es el extrañamiento.
La desconexión.
El olvido.
Olvidar que nos pertenecemos unos a otros.
Y es aquí donde Kaur fundamenta su comprensión del asombro en la tradición sij.
Muchos estadounidenses saben muy poco acerca del sijismo, más allá de haber visto un turbante y sacar conclusiones apresuradas. Sin embargo, el sijismo surgió hace aproximadamente cinco siglos en la región de Punjab, en lo que hoy es el norte de la India y Pakistán, durante una época marcada por profundos conflictos entre hindúes y musulmanes.
Kaur cuenta la historia de esta manera:
"Mi historia favorita era la de nuestros orígenes: la historia del Gurú Nanak, el primer maestro de la fe sij. Hace cinco siglos, cuenta la tradición, al otro lado del mundo, en una aldea de Punjab, en el subcontinente indio, vivía un joven llamado Nanak. Él estaba profundamente afligido por la violencia que lo rodeaba, mientras hindúes y musulmanes vivían en medio del conflicto."
Un día, según cuenta la historia, Nanak desapareció en un río durante tres días. La gente creyó que había muerto ahogado.
Pero cuando salió del agua, llevaba consigo una visión de profunda interconexión, lo que los sijes llaman Ik Onkar: la unidad de toda la humanidad y de toda la existencia.
Kaur escribe que esa experiencia lo sumergió en un estado de asombro extático llamado vismaad. Entonces comenzó a cantar himnos de devoción, conocidos como shabads, alabando lo divino que habitaba tanto en su interior como a su alrededor.
Y luego escribe estas hermosas palabras:
"En otras palabras, estaba enamorado. El amor le permitió ver con nuevos ojos: cada persona a su alrededor era una parte de sí mismo que todavía no conocía."
De esa visión nació la declaración del Gurú Nanak:
«No veo a ningún extraño. No veo a ningún enemigo.»
Imaginen lo radicales que debieron sonar esas palabras en una época marcada por la violencia y la división.
Y quizá sigan siendo igual de radicales hoy.
Porque vivimos en un mundo que constantemente nos entrena para identificar enemigos. La política obtiene beneficios de la división. Los ecosistemas mediáticos prosperan alimentando la indignación. Industrias enteras dependen de mantenernos desconfiados, reactivos y llenos de miedo.
Y, sin embargo, en medio de ese mundo, esta antigua visión espiritual susurra:
Aquí no hay extraños.
Solo hay personas que todavía no conocemos.
Kaur explica que el sijismo enseña que dentro de cada uno de nosotros existe una voz llamada haumai: el ego que se experimenta separado de los demás. Es ese "yo" que insiste en la división y el aislamiento.
Pero el sijismo enseña que esa separación es, en última instancia, una ilusión.
Y que las prácticas espirituales —la música, la meditación, la oración, el canto y la recitación— nos ayudan a silenciar esa ilusión el tiempo suficiente para recordar una verdad más profunda:
Que nos pertenecemos unos a otros.
Kaur describe a su padre tarareando cantos sagrados a lo largo del día, no solo como una forma de oración, sino como una práctica espiritual. Estaba ensayando el asombro. Se estaba entrenando para recordar la conexión.
Me encanta esa expresión:
Ensayar el asombro.
Porque el asombro no es simplemente un sentimiento que aparece de manera espontánea.
El asombro es una disciplina.
Es una orientación espiritual.
Es una práctica para reeducar nuestra atención.
Y, curiosamente, la neurociencia moderna confirma hoy lo que las tradiciones espirituales han enseñado durante siglos. El cerebro cambia de acuerdo con aquello que practicamos una y otra vez. Las conexiones neuronales se fortalecen mediante la repetición. Los patrones de miedo y desconfianza pueden arraigarse profundamente... pero también pueden hacerlo la compasión, la curiosidad y la empatía.
Kaur escribe que los descubrimientos científicos sobre la plasticidad del cerebro confirman que es posible entrenarnos para mirar el mundo de una manera diferente.
Eso significa que los hábitos de miedo que hemos aprendido de la cultura no son permanentes.
Podemos aprender otra forma de mirar.
Por eso Kaur comenzó una práctica diaria muy sencilla. Mientras caminaba por la calle, viajaba en el metro o veía rostros en las pantallas, se repetía en silencio:
Hermana.
Hermano.
Hermane.
Tía.
Tío.
O simplemente:
«Tú eres una parte de mí que todavía no conozco.»
Cuenta que practica esto no solamente con las personas, sino también con los animales, los árboles y la propia tierra.
Y, sinceramente, ¿qué pasaría si esta también se convirtiera en parte de nuestra práctica espiritual?
No porque resolviera mágicamente las injusticias.
No porque eliminara la responsabilidad de rendir cuentas.
Sino porque vuelve a educar el corazón para resistirse a la deshumanización.
Al cinismo.
A la tentación de dejar de ver plenamente a quienes tenemos delante.
Y, amistades, creo que esto es mucho más importante de lo que imaginamos.
Porque perder la capacidad de maravillarnos es peligroso.
Kaur advierte que, cuando dejamos de maravillarnos ante los demás, cuando dejamos de imaginar la vida interior de otro ser humano, la empatía comienza a apagarse.
Y cuando la empatía desaparece, la violencia encuentra un camino mucho más fácil.
La historia nos lo confirma una y otra vez.
Las grandes atrocidades de la historia de la humanidad rara vez comienzan únicamente con armas. Comienzan con historias que despojan a las personas de su humanidad. Las comunidades se convierten en amenazas. Los vecinos se vuelven abstracciones. Los seres humanos terminan reducidos a categorías.
El asombro interrumpe ese proceso.
El asombro insiste en la complejidad.
El asombro se detiene el tiempo suficiente para preguntar:
¿Cuál es la historia que todavía no conozco?
Toda persona que ha enseñado alguna vez ha vivido este momento.
Un estudiante parece difícil, distante o enojado, y la frustración surge con facilidad. Pero basta una conversación para descubrir un duelo oculto, una crisis familiar o una lucha que nadie más alcanzaba a ver.
Nada ha cambiado en ese estudiante.
Y, sin embargo, de pronto todo se ve diferente.
El asombro entró en la habitación.
Y cuando el asombro entra, la compasión encuentra espacio para crecer.
Por eso todo esto tiene una profunda importancia espiritual.
Nuestra tradición Unitaria Universalista habla con frecuencia del valor y la dignidad inherentes de cada persona. Pero ese principio deja de ser solamente una hermosa idea cuando aprendemos a mirarnos verdaderamente los unos a los otros.
El asombro es lo que permite que la teología cobre vida.
El asombro transforma a los extraños en semejantes.
El asombro nos recuerda que cada persona que encontramos lleva dentro de sí un universo interior que no podemos ver.
El asombro es lo que permite que la teología cobre vida.
El asombro transforma a los extraños en semejantes.
El asombro nos recuerda que cada persona que encontramos lleva dentro de sí un universo interior que no podemos ver.
Y quizá esa sea también la razón por la que la identidad sij decidió hacerse visiblemente reconocible.
Kaur explica que, en 1699, la comunidad sij fue constituida como la Khalsa, una comunidad amada comprometida con la justicia, el valor y el servicio. Los sijes adoptaron símbolos visibles de su fe, entre ellos el turbante, para que nunca pudieran desaparecer anónimamente entre la multitud.
«Los sijes no se esconden», solía decir su padre.
Esos símbolos visibles existían para recordarles que nunca podían esconderse de su responsabilidad de servir a los demás y luchar por la justicia.
Qué idea tan extraordinaria.
La visibilidad no como una expresión del ego, sino como una forma de responsabilidad.
Un compromiso público con el amor.
Y quizá eso también tenga mucho que decirnos a quienes somos Unitarianos Universalistas.
Porque nosotros también vivimos en un tiempo en el que resulta tentador escondernos.
Retirarnos por el agotamiento.
Apartar la mirada del sufrimiento.
Insensibilizarnos frente al mundo.
Pero el asombro nos llama de nuevo a la relación.
Nos llama de nuevo a la curiosidad.
Nos llama nuevamente al difícil, pero sagrado, trabajo de vernos plenamente los unos a los otros.
Tal vez, entonces, la invitación para esta semana no sea tan complicada.
Quizá todo comience simplemente prestando atención una vez más.
Deteniéndonos el tiempo suficiente para reconocer la humanidad presente en las personas que nos rodean.
Repitiendo en silencio las palabras que nos ofrece Kaur:
«Tú eres una parte de mí que todavía no conozco.»
Y quizá, si practicamos esas palabras el tiempo suficiente —con perseverancia, con atención y con valentía—, los muros que nos separan comiencen, aunque sea por un instante, a suavizarse.
No desaparecerán por completo.
Pero sí lo suficiente para que la compasión pueda entrar.
Lo suficiente para que la justicia pueda crecer.
Lo suficiente para que el amor realice, poco a poco, su obra lenta y sagrada.
Que salgamos hoy de este lugar comprometidos a ensayar el asombro.
Que entrenemos nuestro corazón para elegir la conexión en lugar del miedo.
Y que recordemos, incluso en una época que obtiene beneficios de la división, la antigua verdad que Guru Nanak susurró hace siglos:
«No veo a ningún extraño.
No veo a ningún enemigo.»




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