El Valor de Luchar y de Sentir Rabia
- Jul 12
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Rev. Rob Blair
El año pasado, la Primera Iglesia Cristiana de Fullerton organizó lo que quizá haya sido uno de los eventos comunitarios más espiritualmente satisfactorios jamás concebidos: un evento para romper platos.
E invitaron a UUCF a participar.
Instalaron una carpa con tres lados cerrados, proporcionaron lentes de seguridad, reunieron montones de platos viejos e invitaron a las personas a escribir en un plato aquello que les causaba enojo.
Podías escribir una situación que venías cargando.
Una injusticia.
Un miedo.
El nombre de alguien que te había lastimado.
O quizá el nombre de algún político cuyo nombre, por razones que nadie podía explicar del todo, aparecía con frecuencia escrito en color naranja.
Entonces te ponías los lentes de seguridad, entrabas en la carpa y lanzabas el plato contra la pared.
Y se hacía pedazos.
Hay algo profundamente satisfactorio en el sonido de un plato estrellándose contra una pared cuando estamos enojados.
Porque la mayoría de nosotros gastamos una cantidad extraordinaria de energía tratando de aparentar que estamos tranquilos, serenos y que tenemos todo bajo control.
Sonreímos.
Asentimos con la cabeza.
Respiramos profundamente.
Usamos frases que comienzan con: “Yo siento…”
Decimos cosas como: “Entiendo lo que estás diciendo”, mientras que, en algún lugar muy dentro de nosotros, hay una respuesta considerablemente menos pastoral tratando de escapar.
Pero dentro de aquella carpa, durante unos gloriosos segundos, nadie tenía que fingir.
Podías tomar un plato, escribir aquello que te estaba rompiendo el corazón, aquello que te daba miedo, aquello que te llenaba de rabia, ¡y lanzarlo con todas tus fuerzas!
Y después de un rato, había algo casi litúrgico en todo aquello.
Una extraña comunión de cerámica hecha pedazos.
Personas de pie, juntas, usando lentes de seguridad, rodeadas de fragmentos rotos, diciendo con sus cuerpos aquello que habían estado cargando silenciosamente en sus corazones.
Recuerdo haber pensado que quizá todos los lugares de trabajo, todas las escuelas y todas las comunidades deberían tener una de estas carpas para uso diario.
Podríamos poner una justo al lado del santuario.
La hora del café de un lado.
La carpa de la rabia del otro.
Recibes tu gafete con tu nombre, tomas una taza de café, te apuntas para servir en un comité y lanzas un plato contra la pared.
La membresía crecería por las nubes.
Y, sin embargo, debajo del humor de aquella tarde había algo profundamente humano y profundamente espiritual, porque cada plato que se hacía pedazos llevaba consigo una historia.
Alguien estaba viviendo un duelo.
Alguien tenía miedo.
Alguien había sido traicionado.
Alguien estaba viendo cómo les quitaban derechos a las personas que amaba.
Alguien estaba agotado de presenciar tanto sufrimiento y se preguntaba cuánto más se suponía que debía soportar antes de que algo dentro de sí finalmente se rompiera.
El sonido de aquellos platos haciéndose pedazos me recordó que el enojo rara vez llega solo.
El enojo lleva consigo dolor.
El enojo lleva consigo miedo.
El enojo lleva consigo amor.
Muchas veces, el enojo aparece porque en algún lugar dentro de nosotros hay algo precioso que creemos que merece ser protegido.
Y quizá por eso tantas tradiciones religiosas han tenido una relación tan complicada con el enojo.
Nos han enseñado a desconfiar de él.
A reprimirlo.
A pedirle a Dios que nos lo quite.
A llegar a ser tan espiritualmente evolucionados que nada pueda perturbar nuestra paz interior.
Y algunos de nosotros nos hemos vuelto muy buenos para aparentar paz mientras, silenciosamente, nos estamos desmoronando por dentro.
Nos tragamos el enojo.
Lo intelectualizamos.
Lo volvemos contra nosotros mismos.
Lo cargamos en los hombros, en el estómago, en la presión arterial, en el agotamiento.
Nos decimos que la gente buena debería mantener la calma.
Que las personas espirituales deberían ser amables, perdonar rápidamente y seguir adelante.
Mientras tanto, el mundo continúa poniéndonos platos en las manos.
Otro ataque contra los inmigrantes.
Otro niño o niña transgénero utilizado como arma política.
Otra familia negra llorando la muerte de alguien a quien ama.
Otra guerra.
Otro bombardeo.
Otro tiroteo.
Otro multimillonario comprando influencia política mientras las familias están de pie en los pasillos del supermercado, calculando qué alimento pueden permitirse devolver al estante.
Otro acto de crueldad convertido en política pública y defendido con absoluta seriedad.
Y, finalmente, la pregunta se vuelve inevitable:
¿Qué se supone que debemos hacer con todo este enojo?
Porque no podemos pasar toda nuestra vida lanzando platos contra las paredes.
Eventualmente se nos acabarían los platos.
Tendríamos que incluir una partida especial en el presupuesto solamente para comprar platos.
Entonces, ¿qué hacemos con la rabia?
¿Qué sucede cuando el sufrimiento del mundo entra en nuestros cuerpos y se niega a salir?
Aquí es donde Valerie Kaur nos invita a profundizar.
A lo largo de esta serie de sermones hemos caminado con ella a través de las disciplinas espirituales que describe en See No Stranger.
Comenzamos con el valor de maravillarnos, con la práctica de mirar a otro ser humano y decir: “Eres una parte de mí que todavía no conozco”.
Después entramos en el valor de vivir el duelo, permitiéndonos sentir las heridas de nuestras propias vidas, de nuestras comunidades y de nuestra nación, porque el duelo es el precio que pagamos por amar un mundo que todavía puede rompernos el corazón.
Y ahora Kaur nos lleva a un lugar más peligroso.
El valor de luchar.
El valor de sentir rabia.
Porque, con el tiempo, el asombro abre nuestros ojos.
El duelo abre nuestros corazones.
Y algo dentro de nosotros comienza a levantarse.
Kaur escribe sobre cómo aprendió a escuchar su rabia como una fuente de información.
Su enojo le decía que se había cruzado un límite.
Su enojo le decía que algo sagrado estaba siendo violado.
Su enojo le decía que las personas que amaba estaban en peligro.
Su enojo le decía que había llegado el momento de actuar.
Hay sabiduría en la rabia.
La rabia puede mostrarnos dónde hemos sido heridos.
La rabia puede mostrarnos lo que amamos.
La rabia puede mostrarnos los lugares donde nuestros valores más profundos chocan con el mundo tal como es.
El desafío espiritual consiste en aprender a llevar ese fuego dentro de nosotros sin permitir que el fuego nos consuma.
Porque Kaur comprende algo que todo movimiento por la justicia termina descubriendo: no podemos construir un mundo más amoroso si nos destruimos a nosotros mismos en el proceso.
Necesitamos nuestro enojo.
Necesitamos su energía.
Necesitamos su claridad.
Necesitamos esa parte de nosotros que se pone de pie y dice: “¡Ya basta!”
Y también necesitamos la disciplina espiritual para decidir hacia dónde vamos a dirigir esa energía.
Un plato puede hacerse pedazos contra una pared.
Un movimiento puede hacer pedazos un sistema.
Una voz puede romper un silencio que ha durado generaciones.
Una comunidad puede destruir la ilusión de que quienes sufren están solos.
Quizá el valor comienza cuando nos ponemos de pie entre los pedazos rotos y comprendemos que nuestra rabia ha estado tratando de decirnos algo.
Algo que amamos está en peligro.
Algo sagrado ha sido violado.
Alguien está pidiendo ayuda.
Y ahora debemos decidir qué estamos dispuestos a hacer al respecto.
Porque llega un momento en que el asombro nos pide ver.
El duelo nos pide sentir.
Y el amor, cuando finalmente ha llegado a su límite, nos pide luchar.
Y para nosotros, como unitarios universalistas, esto importa profundamente.
Hablamos con frecuencia del valor y la dignidad inherentes de cada persona, pero esas palabras significan muy poco si se quedan como simples palabras decorativas.
Hay momentos en los que defender la dignidad exige una confrontación no violenta.
Hay momentos en los que el amor exige resistencia.
El Dr. King identificó el racismo, la pobreza y el militarismo como males profundamente entrelazados.
Kaur señala que el sexismo también pertenece a esa lista.
Y, para ser sinceros, la lista continúa creciendo, porque los sistemas de opresión se alimentan unos a otros.
La supremacía blanca alimenta la explotación económica.
El patriarcado alimenta la homofobia y la transfobia.
El miedo se convierte en negocio.
La división se convierte en moneda política.
Así que, si vamos a luchar los unos por los otros, no podemos hacerlo a medias.
Kaur dice que necesitamos algo más que aliados.
Necesitamos cómplices.
Personas dispuestas a arriesgar su comodidad.
Personas dispuestas a “romper las reglas para romper las cadenas”.
Es un lenguaje fuerte.
¿Por qué?
Porque la democracia misma depende de que las personas comunes decidan que la libertad de alguien más importa lo suficiente como para defenderla.
Y quizá eso comienza escuchando lo que nuestra rabia está tratando de decirnos.
Seamos claros: no todo impulso de enojo contiene sabiduría.
La rabia puede volverse destructiva.
Lo sabemos.
Vivimos en un país desbordado de resentimiento convertido en arma y de crueldad disfrazada de fortaleza.
Pero existe otra clase de rabia.
Una rabia llena de dolor y arraigada en el amor.
La rabia que dice que la niñez importa.
La rabia que dice que la autonomía sobre nuestros propios cuerpos importa.
La rabia que dice que las vidas negras importan.
La rabia que dice que las vidas trans importan.
La rabia que dice que la democracia importa.
La rabia que dice que ningún ser humano es desechable.
Esa rabia no es enemiga de la vida espiritual.
Quizá sea evidencia de que nuestros corazones todavía están despiertos.
Y quizá esa sea la invitación para nosotros esta mañana.
No permitir que el enojo nos consuma.
Pero tampoco fingir que no lo sentimos.
Permitir que nos ayude a comprender con mayor claridad aquello que amamos lo suficiente como para protegerlo.
Permitir que nos impulse hacia el valor en lugar de llevarnos a la desesperación.
Convertirnos, usando las palabras de Kaur, en sabios guerreros y sabias guerreras para este momento de la historia.
Personas lo suficientemente feroces para resistir la opresión y lo suficientemente compasivas para recordar la humanidad de quienes están al otro lado de la lucha.
Personas que saben que el amor sin valor se convierte en sentimentalismo.
Y que el valor sin amor se convierte en brutalidad.
Que tengamos entonces la valentía necesaria para vivir con ambos.




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